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Bendice



Bendecid a los que os persiguen; bendecid, y no maldigáis.”

Romanos 12:14

Entre los deberes cristianos aparece este hermoso y revelador versículo y mandamiento de nuestro amado Jesucristo. Nos llama a bendecir.

Bendecir para un creyente en Dios, un seguidor de Cristo, no es una opción, es una obligación. Es un mandamiento implícito ser personas que bendigan, incluso a aquellos que nos persiguen o buscan nuestro mal.

¿Difícil? Muy difícil, pero no imposible. Si Dios nos dice que lo hagamos, entonces Él también nos dará la fuerza para hacerlo.

Bendecir al que te hace bien es fácil, y no solo es fácil, sino también reconfortante, ya que, ¿cómo no querríamos el bien de alguien que nos desea lo mismo? Desearles bendiciones y pedir por esas personas es lo mínimo que podríamos hacer. Ahora bien, ¿desear bendiciones al que nos persigue? Eso es muy descabellado humanamente hablando. Es muy desafiante y hasta ilógico, pero Dios nos llama a hacerlo porque es eso lo que quiere, desafiarnos a ser mejores que aquellos que nos perjudican o quieren hacerlo. Eso es ser un cristiano, bendecir a todos sin excepción, sin requisitos más que el hecho de nosotros tener al Espíritu Santo que nos guíe a hacerlo.

Jesús es nuestro mayor ejemplo. Él vivía lo que predicaba; su ejemplo de vida respaldaba sus palabras. Estando ya colgado del madero, de la cruz, Él oró y pidió a su Padre algo muy “ilógico”, una locura para nuestra mente, algo que rompe totalmente con nuestro sentido de “justicia” que tenemos como seres humanos: pidió para que su Padre perdonara a sus verdugos: “Y Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34).

Me pregunto: ¿Quién haría lo mismo que Jesús hizo con sus enemigos? Es tan difícil, lo reconozco, pero él nos invitó a hacerlo y no solo lo dijo, sino que dio ejemplo de ello. El perdonar y rogar por ellos, orar así es una forma de bendición y además, no cualquier bendición. Es bendecirlos a pesar de que no lo merecen.

Pues ahí está el desafío de este capítulo: bendecir a los que nos persiguen. Hacerlo nos eleva a otro nivel y estoy seguro que empieza una sanidad interior por el daño que estamos sufriendo o sufrimos.

Seamos hijos e hijas obedientes y bendigamos a todos, sin excepción. Estoy seguro de que esa bendición primero tocará nuestras vidas, y a nuestro Dios le agradará muchísimo.

Recuerda:

Sé más grande que tus problemas u ofensores; lleva bendición, perdón y oportunidad a aquellos que no quisieron dártelos. Que esta sea tu tarea para hoy y siempre. Esa bendición que humanamente se te hace tan difícil dar, regresará a ti asombrosamente multiplicada. Véncete a ti mismo, sé un repartidor de bendición, y serás un verdadero vencedor.

 
 

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Versión 2.0 – Actualizado el 27 de febrero de 2026.
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